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domingo, 22 de septiembre de 2019

Uniformes en Miami, clases en La Habana: la educación pública cubana se desmorona



LA HABANA.- Pocos asuntos despiertan mayor triunfalismo oficial en Cuba y críticas más unánimes por parte de sus opositores fuera de la isla que la educación pública, que junto con el sistema de salud constituyen las dos grandes “conquistas de la Revolución”. Pero el régimen castrista tiene cada vez más difícil mantener los estándares que una vez hicieran su sistema la envidia de los países emergentes: escasez de docentes, aulas cochambrosas, profesores sustitutos de primero de carrera y uniformes comprados en Miami hace que la otrora joya del socialismo cubano se desmorone, se escribe en El Confidencial, de Madrid. 

Un buen ejemplo es Yanelys. Cuando se enteró que la escuela de su hijo no había sido seleccionada para el ERCE (un examen similar al informe PISA), se temió lo peor. Un mes más tarde le informaban que la maestra de su pequeño de ocho años debía ser trasladada a otro centro que sí pasaría la prueba debido a que faltaban los docentes de varios grados. 
La solución para el hijo de Yanelys y sus compañeros fue una estudiante de tercer año de Pedagogía para darles clase tres días por semana, alternando esa responsabilidad con sus propios estudios universitarios. Al final, tres sustitutas pasaron por ese curso.
"Nos enfrentamos a un curso de retos", reconoció hace pocos días la ministra de Educación, Ena Elsa Velázquez, tras recorrer las provincias verificando los preparativos del calendario lectivo, que ha comenzado este septiembre. 
Ante la difícil situación para lograr maestros, el presidente Miguel Díaz-Canel anunció en junio un inesperado aumento salarial que benefició especialmente a los casi 300.000 maestros y profesores del país, con incrementos que duplicaron –y en muchos casos triplicaron– los pagos. 
Como consecuencia de la medida, 8.000 docentes que habían abandonado al sector solicitaron reincorporarse, permitiendo –por primera vez en muchos años– que la "cobertura docente" sea casi total (los datos más recientes la estiman en alrededor de un 98%).
Mientras, en Cuba florecen las academias privadas de "repasadores", a las que muchos padres envían a sus hijos para que refuercen –o incluso reciban– parte de los contenidos que debieron haber adquirido en clase. 
A pesar de los buenos resultados del país en pruebas internacionales, la percepción generalizada es que “las escuelas de ahora no enseñan como las de antes”, y la profesión de maestro se cuenta entre las peor valoradas desde el punto de vista social.
"Algo debiera hacerse. Tal vez este aumento de salario contribuya a cambiar las cosas", especula Yanelys. Cualquiera sea el caso, no le gustaría que su hijo –al crecer– se inclinara por la Pedagogía, ni siquiera en la enseñanza superior.

Los uniformes de la crisis
La educación pública es una prioridad fuera de discusión para el Gobierno cubano. De hecho, la Carta Magna cubana promulgada en abril ratifica el papel preponderante del Estado en la tarea de "garantizar servicios de educación gratuitos, asequibles y de calidad". Esto se traduce en partidas presupuestarias que solo son superadas por las destinadas a la atención sanitaria. 
Durante la última década, las escuelas y universidades han recibido entre un 20% y un 25% del presupuesto total del país. Alrededor de un 1,7 millones alumnos pasaron por las aulas durante el curso pasado (la población cubana supera por poco los 11 millones de personas, más de una quinta parte de las cuales son ancianos).
Pero estas cifras son difícilmente sostenibles en un país que en los últimos dos años ha visto menguar radicalmente sus principales fuentes de divisas: el turismo, la exportación de servicios profesionales y las remesas familiares (a comienzos de 2019 el Gobierno de Trump les fijó un límite de 1.000 dólares mensuales y ha amenazado con continuar reduciéndolas). Las recientes dificultades en la entrega de los uniformes escolares son solo el síntoma más visible de los problemas más profundos y complejos que amenazan al sistema de educación.
Más de 3,7 millones de prendas habían sido encargadas a la industria nacional, pero las dificultades financieras retrasaron la importación de los materiales para confeccionarlas. Como resultado, las ventas –que tradicionalmente se iniciaban en junio– debieron postergarse hasta agosto. 
Los incumplimientos se registraron también en la elaboración de los textos docentes (se alcanzó a imprimir el 80% de los libros y cuadernos solicitados).
Ante los retrasos en la distribución y las menguadas asignaciones establecidas, miles de cubanos prefieren comprar los uniformes escolares para sus hijos y otros familiares residentes en la isla en Miami, donde los grandes centros comerciales de la ciudad hacen su agosto atendiendo ese singular nicho de mercado.

Formación ideológica
La educación cubana es laica y manifiestamente política. Los maestros son considerados "trabajadores ideológicos", y se encuentran sometidos a un escrutinio similar al que rige sobre los periodistas y los funcionarios del Partido y el Gobierno. La formación de las nuevas generaciones en la doctrina revolucionaria es la misión primordial del sistema, según han reconocido en innumerables ocasiones los principales dirigentes del país.
El mensaje es el mismo desde la enseñanza primaria a la formación de posgrado. La Organización de Pioneros José Martí (que agrupa a los niños y adolescentes de hasta 15 años) comienza cada jornada escolar entonando el ilustrativo lema de "Pioneros por el Comunismo, ¡seremos como el Che!" y en los centros de estudios superiores es habitual encontrar murales con una frase pronunciada por el guerrillero argentino en la década de los sesenta: “La universidad es de los revolucionarios”.
La historia reciente confirma que poco cambió desde entonces. Durante las últimas semanas ha cobrado intensidad un debate digital acerca de los "requisitos" que debe cumplir un docente universitario cubano.
El detonante fue el despido de la profesora Omara Ruiz Urquiola, a finales de julio, de su cátedra en el Instituto Superior de Diseño de La Habana. Para muchos, la fundamentación burocrática que avaló la decisión (cambios en el sistema de contratos del Instituto) fue solo una justificación para llevar adelante la medida como castigo por las posiciones no siempre ortodoxas de Ruiz Urquiola en cuestiones políticas, además de el hecho de ser hermana de Ariel Ruiz Urquiola, un biólogo y activista de derechos ambientales y de la comunidad LGTBI con una larga historia de desencuentros con las autoridades. Entre los más significativos estuvo su expulsión –años atrás– del puesto que ocupaba como profesor de la Universidad de La Habana.
Otros profesores también apartados de la enseñanza superior, como el abogado Julio Antonio Fernández Estrada y el periodista José Raúl Gallego Ramos, han trazado paralelismos entre sus experiencias y la que ahora afronta Omara Ruiz. 
La conclusión es que el gobierno busca cerrar toda brecha a posibles cuestionamientos. De poco valen las reclamaciones ante los organismos oficiales, no se trata de decisiones administrativas sino políticas, coinciden.
Como para corroborar su interpretación de los hechos, a mediados de agosto la viceministra primera de Educación Superior, Martha del Carmen Mesa Valenciano, publicó en la página oficial del organismo un militante artículo cuya premisa puede resumirse en el siguiente párrafo: “El que no se sienta activista de la política revolucionaria de nuestro Partido, un defensor de nuestra ideología, de nuestra moral, de nuestras convicciones políticas, debe renunciar a ser profesor universitario”.

Cuba, detenida en el tiempo


LA HABANA.- Lo primero que se percibe cuando se llega al aeropuerto internacional José Martí de La Habana es el calor. Y nada más salir de sus instalaciones, el olor. El mal olor que desprenden las gasolinas baratas que los carburadores de los coches antiguos digieren mal. “Y el asfalto, señor –dice Julián– que es de mala calidad y el clima lo derrite...”, en una crónica del diario La Vanguardia, de Barcelona

Julián, el conductor enviado desde el hostal de la Habana Vieja, donde hemos alquilado una habitación, conduce un Geely, un coche chino de color azul en el que nada indica que se dedique al transporte público. Pero la liberalización de la economía cubana va rápido en sectores como la hostelería, la restauración, el transporte… Aunque sea a trompicones: nada más abrir el maletero, aparece un adolescente bajito embutido en un uniforme de color verde de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), coge del brazo a Julián y empieza a discutir con él.
–Usted me muestra la licencia y todo arreglado. Si no, el coche no se mueve de aquí…
–Ya te digo que llevo meses haciendo esto, Manuel sabe…
–Manuel hoy no trabaja, y usted no tiene licencia…
–Llama a Manuel…
–Llámelo usted si quiere, que me lo diga él…
Julián llama a Manuel. Pero Manuel no sabe nada. Y al final, Julián, el coche y los pasajeros acabamos en un puesto de control de la PNR a centenares de metros del aeropuerto. Dos guardias se llevan escoltado a Julián, y el joven policía nos sermonea. “Todo esto lo hacemos por la seguridad de ustedes” repite con ganas de convencernos y tranquilizarnos. Después llama a un taxi.
La capital cubana es una ciudad grandiosa. A finales del XIX y principios del XX se hizo mucho dinero en Cuba con el ron y el tabaco. La burguesía habanera construyó palacetes, mansiones y el Capitolio más grande de Centroamérica. Pero en el barrio del Vedado, por el que circula el taxi, apenas se ve nada. No hay iluminación en las calles y de los caserones art déco emerge una luz débil y azulada. Entre la oscuridad y el olor, es como si la ciudad acabara de salir de una guerra.
–Julián tiene licencia, no se preocupen por él... –dice al día siguiente Leonardo, un empleado del hostal que nos sirve el desayuno–. Lo que pasa es que siempre hay gente que busca que le den unos pesos…
Nunca más sabremos de Julián. Pero así son las cosas en Cuba. Hay una economía privada, la de las habitaciones que se alquilan, la de los restaurantes privados (como el chic O’Reilly 304 en la Habana Vieja), la de los conductores y guías que se contratan por días. Es la economía que funciona con el dólar, la del turismo (el país es abrumadoramente hermoso). Se ve en la ropa de algunos, sobre todo en los jeans. Como los de Leonardo, que con una cadena dorada colgada del cuello parece salido de un Grammy Latino. Y después están los otros, la mayoría, los que malviven del salario del estado (el equivalente a unos treinta dólares mensuales) y están obligados a buscarse la vida para acabar el mes.
–¿Quieren un huevo? –pregunta Leonardo
No. No queremos huevo porque el desayuno se ha acabado. Pero es la pregunta de cada día. Dicen que no hay desayuno cubano sin huevos. Pero los huevos escasean y en el sector privado los ofrecen con la boca pequeña. En la economía socialista hay tiendas llenas de productos (champús, jabones, pañuelos de papel) que nadie parece querer. 
Hay tiendas con las estanterías llenas de salsas, ron, cerveza, pero no de agua mineral o galletas. Y hay colas. Colas que los cubanos aprovechan para conversar y hacer pasar el tiempo. También en las gasolineras. No para la gasolina especial, la de los turistas. Pero sí para la que usan los viejos coches cubanos.
–¿Usted estuvo aquí hace treinta años? ¿De verdad? ¿Y qué le parece? ¿Le parece bien cómo estamos?
A él, desde luego, no se lo parece. Debe tener 40 años, dice que es profesor de Bellas Artes y se desplaza en bicicleta a gran velocidad por las calles de La Habana Vieja sorteando escombros y charcos. “Este mes han bajado la cantidad de la canasta mensual. Eso no está bien” explica. “Si le preguntan a mi papá, mi papá lo ve de otra manera”. Pero su papá tiene ochenta años y una relación personal con la Revolución.
La revolución cubana. Seguramente la más redonda del siglo XX. Todavía hoy es difícil encontrar un relato tan potente y perfecto. Dice así: un puñado de jóvenes barbudos desembarcan en 1957 en el sureste de Cuba, sobreviven como guerrilla en la sierra Maestra y dos años después, en la Nochevieja de 1959, entran en La Habana, de la que el dictador Fulgencio Batista acaba de huir. Es la revolución heroica, la que, para sobrevivir a la hostilidad del vecino del Norte (invasión de bahía de Cochinos, embargo comercial), se escora progresivamente hacia el bloque soviético. La revolución de Fidel Castro y del Che .
Pero de eso, ¡hace tanto tiempo! Después vino todo lo demás: el exilio a Miami, la exportación de la revolución a África, la vulneración de los derechos humanos, el fin de la amistad soviética... 
La revolución es hoy un fósil. Sobrevive en los murales de las carreteras, el “Patria o Muerte”. O en el Museo de la Revolución, donde Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos son exhibidos como muñecos de plástico que simulan un ataque al enemigo. Sobrevive en los Comités de Defensa de la Revolución (los CDR), organizados por barrios y que abren sus locales al atardecer para la gente mayor.
La revolución, el régimen que nació de ella, que desilusionó a tantos y que, para otros ha degenerado en dictadura, mantiene a la sociedad detenida en los años sesenta. Ir a Cuba es viajar al pasado. A un país sin publicidad, sin GPS con el que orientarse, un país vintage. Pero también a un país único. Cuba es pobre, pero no hay miseria y es fácil andar de noche. Es un país pobre, pero de pobres educados, con los niños escolarizados, en el que muchas personas pueden sostener una conversación interesante. Es una sociedad que en algún momento inició un camino hacia alguna parte, pero que hoy parece extraviada.
Tan extraviada como los miles de personas que se reúnen cada noche en las plazas para poder acceder al wifi. “Es una escena de la nueva realidad cubana que se ha hecho entrañable y popular” dice una web turística. Cuando lo lees, parece un mal chiste. Pero a fuerza de ir una, dos, tres noches, acabas por socializar: “Eh, amigo, de dónde viene?”.
Alquilar un coche es fácil en Cuba. Pero viajar es una aventura. Los baches son infinitos (“amigo, no vaya más allá de Camagüey, ya no se puede”). Y en la autopista hay que sortear a perros, a coches tirados a caballo y a la gente. Miles de personas que pierden horas cada día para que alguien las lleve de un sitio a otro. Escolares, gente que regresa o va al trabajo, mujeres que van a ver a un familiar... Cuba es un país en autoestop permanente.
–¡Alto ahí! ¡La transmisión de mi coche se ha roto y deben llevarme a la empresa para informar de ello! –grita un tipo corpulento, en los cincuenta. Lleva gorra y un silbato y se ha plantado en medio de la autopista con los brazos abiertos. Lo hace con tanta convicción que tardamos unos minutos en descubrir que no es un militar. Sólo es un tipo listo que se aprovecha de unos turistas. Es Humberto, ingeniero agrónomo.
La falta de transporte público, agravada ahora por la escasez de combustible, es una carencia crónica de Cuba, como también el mal estado de las carreteras. Eso y un parque automovilístico obsoleto y surrealista: los Lada rusos que tanto atormentaron a los conductores de la Europa del Este se venden aquí por hasta 30.000 dólares.
–Cuba tiene sus cosas, pero la transportación está mal –dice Humberto, que es de los que ve el vaso medio lleno.
–Mi mujer es ginecóloga. Yo me dedico a la planta del tabaco, y tenemos dos hijos, chico y chica... El presidente, Don Miguel Díez Canel, ha hecho buenos cambios. Antes, la Constitución protegía a los que trabajaban y a los que no trabajaban. Ahora los que no trabajan no están protegidos, y no tienen el mismo trato en las colas de productos.
Miguel Díez Canel es presidente desde el 19 de abril del 2018, día en que sucedió a Raúl Castro, el hermano pequeño. Cabello blanco y bien parecido, es el primer presidente nacido después de la revolución. Y también el burócrata forzado a gestionar la desilusión de los últimos años. 
La frustración que dejó la visita de Barak Obama en marzo del 2017, el día en que pensaron que todo iba a cambiar y las reformas iban a acelerarse. No fue así.
–Habla muy bien –dice doña Nora, mientras mira distraída al televisor. Doña Nora vive en una de esas grandes casas de techos altos y muchas columnas en Cienfuegos. Pero toda su vida transcurre en una única habitación llena de recuerdos.
Díaz Canel está dando un largo discurso a través de la televisión para decir que no ha podido ser. Que el petrolero que tenía que descargar en el puerto no ha podido hacerlo (el 60% de la energía cubana procede de Venezuela y la Administración Trump ha endurecido el embargo). Díaz Canel advierte que vendrán días difíciles. Pero que después las cosas irán mejor. Doña Nora suspira con resignación.
Los cubanos están nerviosos. Ya hace días que la gasolina escasea y han habido apagones. Hablan del temor al regreso de un nuevo Periodo Especial. Cuando la Unión Soviética entró en colapso, a finales de 80, dejó de subvencionar a los cubanos. No quedó más remedio que implantar un periodo de austeridad brutal. La dieta de los cubanos se hundió. Y sólo el buen humor y el sentido igualitario de la vida explican que los cubanos pudieran salir de aquel pozo.
Doña Nora dice que lo superaron porque “no hemos pasado todo lo que hemos pasado para caer ahora en manos de los gringos”. Pero la sociedad que venció al periodo especial era diferente. El turismo ha hecho a los cubanos más desiguales. Y a los jóvenes muy escépticos... Cuba no se rinde. Quizás. Solo en una cosa sí lo ha hecho: en la patria del son y de Benny Moré, el reguetón es hoy la única música de fondo.

lunes, 18 de abril de 2016

Alfombra roja oficial en Cuba para el neocastrismo / Amir Valle *


LA HABANA.- Una anécdota de fines de los setenta hace referencia a que Fidel Castro, en esa década, había criticado públicamente a un ya muy envejecido Mao Tse Tung, por su empecinamiento en mantenerse en el poder político pese a sobrepasar los 80 años. 

"Cuando un dirigente llega a cierta edad debe abandonar la carrera política porque empieza a cometer errores. Los viejos se vuelven muy empecinados. Piensan que sólo ellos tienen la razón", le habría dicho Fidel a Mao según esa anécdota, pero el dirigente chino no escuchaba jamás a nadie y se mantuvo como máximo líder del Partido Comunista hasta 1976, cuando murió con 83 años.

Esa crítica era dicha por un joven Fidel de sólo 50 años que, tres décadas después, en 2006, abandonaría el timonel de la Revolución Cubana, obligado por una complicada enfermedad. Lo normal habría sido ser sustituido por una presidencia transitoria que convocara elecciones, pero justamente en 1976 se había reformado la Constitución y las Leyes de modo que el poder político pudiera saltarse ese engorroso y siempre peligroso paso. Fue así que, a dedo porque la reforma constitucional lo establecía, Fidel cedió el poder a su hermano menor, entonces Segundo Secretario del Partido Comunista. Precisamente en este VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), Raúl Castro pretende repetir la fórmula, esta vez estableciendo una nueva reforma constitucional que respete el límite máximo de 60 años para ser elegido miembro y hasta 70 años para asumir una responsabilidad de dirección dentro del PCC.

Es curioso que esa determinación haya sido propuesta por una cúpula que se resistió a dejar el poder durante cinco década, que tiene una edad promedio que sobrepasa los 70 años y que deba ser aprobada por un Congreso que ha invitado a 1000 delegados, de los cuales sólo 55 tienen menos de 35 años. Pero aún es más curioso que esa propuesta ocurra en uno de los momentos de mayor atrincheramiento ideológico del régimen. Por un lado, el intento de frenar el impacto favorable que han tenido en la población cubana las medidas del presidente Obama, y la resistencia del Partido Comunista cubano de llevar a la práctica los cambios que el deshielo entre La Habana y Washington hacen posible. Por otro lado, el rescate de la mitología de resistencia al imperio que representa Fidel Castro en la memoria popular, unida su reaparición y protagonismo reciente a una oleada propagandística de la prensa oficial que retoma frases de sus discursos antinorteamericanos y los utiliza como lemas de "la actual lucha contra la nueva estrategia de Estados Unidos para destruirnos".

Otra arista interesante en este contexto es la debacle que para la tan cacareada "invicta Generación del Centenario" ha significado la pérdida de credibilidad de las tradicionales figuras políticas por su incapacidad durante 57 años para traer al pueblo la prosperidad tan largamente prometida, que se empezó a ver solamente gracias a las medidas asumidas en la Casa Blanca por un presidente negro, joven y con el carisma que no tiene ninguno de los actuales dirigentes cubanos. Como indican incluso encuestas del propio régimen, entre Obama y Raúl, la mayoría de los cubanos de a pie simpatizan con el presidente norteamericano y le agradecen a él que por fin haya comenzado a romperse el estatismo que mantuvieron durante décadas la economía y las finanzas familiares en la isla.

Podría prestarse a confusión que, en medio de ese espíritu de trinchera, el Congreso del único partido existente proponga ahora ceder el paso a las nuevas generaciones. Pero tanto, la oposición cubana en la isla, las figuras intelectuales más prominentes de exilio cubano y la gran mayoría de los analistas internacionales de la realidad cubana, llevan tiempo alertando de que todos los cambios implementados por Raúl Castro desde su ascenso al poder apuntan a una clara estrategia de sustitución de la vieja nomenclatura por una nueva élite. De ahí que no debe perderse de vista qué figura asume la posición de Segundo Secretario del Partido en este Congreso. Será ése un posible indicio de la estrategia futura de la dinastía Castro.

Pero a los viejos castristas les preocupa también que a esa nueva nomenclatura no le interesa tanto el aspecto ideológico de la lucha como los dividendos que económicamente pudieran obtenerse, una vez asumido el poder, con la implantación en Cuba de un Capitalismo Militar de Estado controlado por los herederos directos del castrismo. El regreso a la propaganda de trinchera de los años más gloriosos de la lucha contra el imperialismo, el rescate de la mítica de Fidel Castro, y la asunción de esta época histórica como una nueva etapa en la guerra contra Estados Unidos, lleva un mensaje directo: además del poder político que Raúl Castro le garantizará al neocastrismo con su reforma constitucional, intenta pasarles el batón del relevo ideológico que ya ellos biológicamente no pueden sostener. Pero, como dijo Fidel Castro cuando tuvo que quitar del camino a otros jóvenes dirigentes que lo habían traicionado, estos herederos han probado ya "las mieles del poder" y también las mieles de vivir como reyes mientras el pueblo vive en la miseria. Habrá que ver cuánto tardan en dejar a un lado el lastre ideológico que "los viejos" les obligan a cargar y cuánto demoran en demostrar que, como diría acertadamente el poeta español Quevedo, "poderoso Caballero es Don Dinero".


 (*) Corresponsal de la Deutsche Welle

lunes, 11 de abril de 2016

Quién manda en Cuba y quién se perfila como futuro dictador / Carmen Muñoz *


MADRID.-Salvo sorpresas de última hora, no se esperan grandes anuncios en el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), a partir del próximo sábado, que indiquen que el país se encamina hacia una verdadera apertura económica y mucho menos política. Pero sí se esperan nombramientos que hagan señales de humo sobre cómo será la sucesión una vez desaparezca la gerontocracia en el poder, encabezada por los hermanos Castro, se escribe hoy en 'Abc'

Tras la designación del burócrata Miguel Díaz-Canel (primer vicepresidente, de 55 años) para suceder a Raúl Castro como presidente del Consejo de Estado y de Ministros a partir de 2018, cuando el general ha reiterado que termina su mandato de diez años, será clave conocer quiénes quedarán como primer y segundo secretario del partido único.

Muchos indicios apuntan a que el hermano menor de Fidel Castro y su sucesor en el régimen militar, de 84 años, seguirá al frente del PCC. Al menos hasta 2018, cuando podría dejar ambos cargos y permanecer como poder en la sombra. Por tanto, un nombramiento crucial es el del número dos, hoy en manos de José Ramón Machado Ventura, de 85 años y amigo de Raúl Castro desde los tiempos de la revolución, que podría salir por razones de salud y edad. El próximo congreso está previsto en 2021 y, si la dictadura sigue en pie y ambos viven, serán ya nonagenarios. «El segundo puesto en el partido es muy importante porque se queda de dictador si algo le sucede al primero, es el cargo que le confiere esta condición, no el de presidente», asegura Roberto Álvarez-Quiñones, experiodista del diario oficial «Granma».

La Constitución cubana establece que el partido es la «fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado», pero la realidad indica que en Cuba mandan los militares del poderoso Buró Político del PCC, apoyados por uniformados al frente de las empresas y los tres ejércitos, y figuras históricas (como Guillermo García Frías, uno de los tres comandantes de la revolución).

En estas últimas semanas, observadores dentro y fuera de la isla han echado en falta más información sobre los asuntos que se debatirán en el congreso para mejorar las duras condiciones de vida de los cubanos. Pero perciben movimientos de fondo entre reformistas e inmovilistas –estos descolocados con el deshielo Washington-La Habana y contrarios a ampliar las reformas económicas– con el ánimo de situar a sus peones en los puestos cruciales. 

Carlos Malamud, investigador principal sobre América Latina del Real Instituto Elcano, distingue dos poderes fácticos: Raúl Castro apoyado por los militares al frente de las principales empresas estatales y los burócratas inmovilistas del PCC que tienen como referente a Fidel Castro. «El congreso va a permitir medir la correlación de fuerzas entre estos dos grupos», precisa Malamud.

El líder del castrismo, de 89 años, es visto por algunos como una «figura decorativa» mientras otros todavía le otorgan capacidad de veto y de interferir en decisiones importantes. «Fidel se ha convertido en objeto de turismo político», apostilla Alcibíades Hidalgo, exjefe de gabinete de Raúl Castro, sobre las visitas de dignatarios que recibe en su casa habanera de Punto Cero.

Pero, en definitiva, en Cuba manda una suerte de «junta militar invisible» –en palabras de Álvarez Quiñones– encabezada por Raúl Castro y la mayoría de los militares del Buró Político.

Alcibíades Hidalgo distingue dos escalones en la cúpula: en el primero sitúa a Castro, Ventura Machado, Carlos Fernández Gondín (ministro del Interior), Leopoldo Cintra Frías (ministro de Defensa) y Julio César Gandarilla (viceministro de Interior), y en el segundo a Álvaro López Miera (viceministro de Defensa y candidato fuerte en las quinielas), Marino Murillo (vicepresidente, con peso en economía), Esteban Lazo (presidente de la Asamblea) y Bruno Rodríguez (canciller).

Arturo López-Levy, profesor de la Universidad de Texas Río Grande, concentra el poder real en la Comisión Ejecutiva del Buró Político, una especie de «minipolitburó» integrado por Castro, Machado, Cintra, Canel y Ramiro Valdés (comandante de la revolución).

Es probable que Abelardo Colomé Ibarra deje el máximo órgano del partido, tras su renuncia como ministro del Interior en octubre por motivos de salud a los 76 años. Su puesto en el Buró Político lo podría ocupar su sucesor en Interior, Fernández Gondín, si supera un supuesto «robo informático» y problemas de salud.

Jaime Suchlicki, director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos, destaca a dos figuras que «van a ser resaltadas como garantes del sistema», es decir, que serán claves para la supervivencia del régimen: Alejandro Castro Espín (hijo y mano derecha de Raúl) y Luis Alberto Rodríguez López-Callejas (exyerno y presidente del holding empresarial Gaesa).

El periodista Juan Juan Almeida, hijo del comandante de la revolución Juan Almeida Bosque, está convencido de que el presidente solo confía en su familia (además de los mencionados, la sexóloga Mariela Castro Espín, su jefe de escolta Raúl Guillermo Rodríguez Castro…) y que muchas decisiones de gobierno se toman en los almuerzos del domingo en la finca La Rinconada (Siboney, La Habana). «En Cuba manda Raúl, luego Alejandro y a continuación todo lo demás», remata Almeida.

La gran incógnita es qué puesto le aguarda en el partido a Alejandro Castro Espín –garante de la seguridad del clan Castro una vez desaparezcan Fidel y Raúl- o si continuará en la sombra como muñidor de los hilos del poder.


El poderoso Buró Político


Catorce miembros

La máxima autoridad política e ideológica del partido y del Estado está formada por 14 miembros, 9 militares y 5 civiles. La mayoría de estos militares son el poder real.

Militares

Raúl Castro, José Ramón Machado, Leopoldo Cintra, Abelardo Colomé, Ramón Espinosa, Álvaro López Miera, Marino Murillo, Ramiro Valdés y Adel Yzquierdo.

Civiles

Miguel Díaz-Canel, Esteban Lazo, Mercedes López Acea, Bruno Rodríguez y Salvador Valdés.

Segundo secretario

Se prevé que Castro (84) siga como primer secretario y puede que Machado (85) deje de ser el número dos, puesto clave para la sucesión.

domingo, 10 de abril de 2016

Apertura a la caribeña / Pablo de Llano


LA HABANA.- En Cuba reina un eufemismo. La palabra cuentapropista. Un término que es un escorzo ideológico, la contorsión semántica de un Estado que necesita moverse aprisa hacia el mercado pero pretende hacerlo sin descoyuntar su esqueleto doctrinal. O como dice Leticia Rodríguez, propietaria de un hostal en La Habana, allanando la cuestión, “el cuentapropismo es una empresa privada a la que no le llamamos empresa privada porque el socialismo dice que no puede haber empresas privadas, que es, por ejemplo, lo que tengo yo ahora”.

Su nieta, a su lado, indiferente, se come un plato de arroz con pollo.
Y a lo que tiene su abuela no se le llama hostal. Se le llama casa particular.
El trabalenguas plasma las incongruencias derivadas del temor al cambio de la élite dirigente cubana. “No se puede ver al sector privado como una amenaza. Aún se está pagando la concepción de pensar que un individuo que tiene una cafetería acabará siendo una lanza contra la Revolución”, afirma Omar Everleny Pérez Villanueva en el Centro de Estudios de la Economía Cubana, con su viejo automóvil Moscovitch listo a la puerta del instituto para acudir a otra cita durante la vertiginosa semana de marzo en la que Barack Obama visitó la isla.
Se trata de entender un contrasentido. Cuba se mueve. Pero no se mueve.
Desde que el 17 de diciembre de 2014 el presidente estadounidense y el cubano, Raúl Castro, anunciaron la normalización de las relaciones entre sus países, la isla se ha puesto de moda y transmite la apariencia de una metamorfosis veloz. Y es cierto. Y no lo es.
El efecto principal ha sido el despunte del turismo. Un 17% más en 2015 que en 2014, récord histórico de visitantes: tres millones y medio. Encontrar habitación en la desbordada red hotelera de La Habana se ha vuelto un reto. Pagarla también, con tarifas de más de 300 dólares por noche en los hoteles de postín. Ahora bien: el auténtico aluvión llegaría si el Congreso de Estados Unidos retirase la prohibición de que sus ciudadanos vayan de turismo a Cuba. Si el año pasado, con las medidas de Obama para facilitar intercambios culturales y de estudios, —un truco para alentar el turismo— aterrizaron 161.000 estadounidenses, un alza del 77%, la eliminación del veto abriría las esclusas de par en par: “Prevemos que en uno o dos años se levante toda restricción y lleguen más de dos millones de americanos al año”, estima James Williams, presidente de Engage Cuba, un lobby contra el cepo comercial y financiero.
“Durante demasiado tiempo Cuba ha sido el país que ha padecido el esquema de sanciones más estricto por parte de Estados Unidos, y no se puede esperar que se desarrolle si no se levanta el embargo”, sostiene Williams. Obama ha pedido al Congreso que lo elimine y lo reiteró en La Habana: “Es una carga obsoleta sobre el pueblo cubano y para los estadounidenses que quieren hacer negocios o invertir aquí”, dijo, añadiendo un recado al Gobierno cubano: “Pero incluso si se levantara mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios en Cuba”. La teoría dice que Raúl Castro es un pragmático que ha decidido liberalizar la economía sin el maximalismo dogmático de su hermano Fidel. Sus reformas, sin embargo, avanzan con pie y medio en el freno.
“Con esta lentitud Cuba se expone a dejar pasar una oportunidad única”, juzga Carmelo Mesa-Lago, catedrático emérito de la Universidad de Pittsburgh y uno de los grandes expertos en economía cubana. “Obama está poniendo toda la energía para que el proceso sea irreversible y La Habana se limita a insistir en que se levante el embargo, algo que no está en su poder. Lo único que ha hecho Cuba es anunciar la eliminación del gravamen del 10% al dólar”.
El crecimiento de los cuentapropistas refleja la reorientación del modelo, pero lo moroso de su ritmo refleja también los diques internos. De 2009 a 2016 han aumentado de 144.000 a 496.000, insuficiente para un país que necesita aupar el sector privado para tener a dónde reconducir el millón de trabajadores estatales que sobra. “Es imposible que un país avance con el 67% del empleo en el sector presupuestado”, zanja Pérez Villanueva.
A falta de giros económicos resolutivos, tal vez la señal más clara de la incipiente apertura del sistema sea la expansión, aún pacata, del acceso a Internet. En 2015 el Gobierno empezó la instalación de puntos wifi en la calle. Si bien el coste es excesivo —dos dólares la hora, casi una décima parte de los 24 de salario de un empleado público—, ha permitido que a diario unos 200.000 cubanos naveguen sentados en bancos y bordillos. Tener Internet en casa es privilegio exclusivo de algunos profesionales de la medicina, de la academia o de los medios de comunicación oficiales, y aún si hubiese voluntad de universalizarlo, de momento no hay infraestructura para ello. Con todo, se prevé que en unos meses arranque en La Habana un ensayo piloto de banda ancha para negocios privados en colaboración con el gigante tecnológico chino Huawei.
Otro elemento que aguarda a su deshielo particular en la nevera de las reformas es la inversión extranjera. En 2014 se aprobó una ley para incentivarla y el Gobierno ha dicho que es prioritaria para el desarrollo de Cuba, pero a la vez se muestra remiso a soplarle las velas.
En la Zona Especial de Desarrollo Mariel, un puerto cercano a La Habana concebido como polo de atracción de capital, sólo se han aprobado en dos años nueve de las más de 400 solicitudes de compañías foráneas. El Gobierno calcula que necesita al menos 2.500 millones de dólares anuales de inversión extranjera para que la isla crezca más del 5%, una meta todavía lejana. No hay una cifra de cuánto dinero foráneo está captando Cuba, pero sirva de referencia que los nuevos acuerdos comprometidos para Mariel no sobrepasan los 200 millones.
Entretanto se prevé que el crecimiento del PIB baje del 4% de 2015 a un 2% en 2016, con una caída de las exportaciones motivada sobre todo por la crisis de Venezuela, en declive por el desplome del precio del petróleo y por su inestabilidad institucional. Los acuerdos con Caracas suponen más de un tercio de lo que exporta Cuba, cuya economía ha dependido desde los primeros 2000 del crudo que le envía su socio a cambio de médicos y otros profesionales, una alianza político-comercial que todavía se calibra en más de 7.000 millones de dólares y que mantiene a 46.000 cubanos brindando servicios en Venezuela.

NÍQUEL Y TABACO
El precio del níquel, su principal materia prima de exportación, se ha reducido más de la mitad. El azúcar también se ha abaratado. El tabaco, sin embargo, promete, y con miras al mercado estadounidense se han empezado a ampliar las áreas de cultivo. Así las cosas, a corto plazo, con la conclusión del embargo fiada al próximo inquilino de la Casa Blanca y al quórum legislativo entre demócratas y republicanos, la economía cubana se apoyará en dos resortes que irán ganando potencia: remesas (sin dato oficial, Western Union las cifró en 2.800 millones en 2013) y turismo, que viene dejando unos 2.000 millones en la hostelería estatal y derramándose fuera de los cauces del Estado por el eufemístico reino del cuentapropismo.
El aporte de los negocios por cuenta propia está llamado a ser una dinamo interna. Por ahora se limita a un 5% del PIB, según un estudio de la economista Saira Pons, y para que adquiera volumen será imprescindible que le quiten trabas. El régimen tributario, encorsetado por el modelo socialista de planificación estatal, penaliza la concentración de propiedad. “Es absurdo, cuanta más gente contratas, más te suben los impuestos”, expone Mesa-Lago. Aún no se ha creado un mercado mayorista y la importación no está permitida a los particulares, de modo que el sector privado recurre al mercado negro. El panorama se completa con una rampante cultura de la evasión fiscal. Pons calcula que las paladares, así se le llama a los restaurantes en Cuba, deben de estar declarando unos ingresos brutos mensuales inferiores a 200 dólares, lo que deja en los más concurridos una buena mesa con habanos de postre.
Las reticencias a reconocer, y por ende regular, el fenómeno empresarial sí suponen una amenaza para un principio cardinal desde la Revolución: la igualdad. Apoyado en los bastones cada vez más precarios de la sanidad y la educación públicas y en la menguante libreta de abastecimiento, el grueso de los 11 millones de cubanos ve nacer una burguesía duty free.

FUGA DE CEREBROS
Con la prosperidad a lo lejos, no cesa la fuga de jóvenes. Al contrario, va en aumento por el miedo a que Washington arrumbe al baúl de la Guerra Fría su norma de regularización exprés para todo cubano que ponga pie en suelo americano. En 2015 cerca de 70.000 se fueron de la isla a Estados Unidos, una oleada como no se daba hace tiempo y que sumó 43.000 sin papeles, llegados la mayoría por la frontera terrestre de México, 20.000 con visa y unos 4.500 interceptados atravesando por mar el estrecho de Florida, circunstancia en que la norma establece que deben ser repatriados. La emigración agudiza el problema demográfico y de mano de obra de Cuba, el país más envejecido de América Latina después de Uruguay.
El aparato debe reaccionar. En el VI Congreso del Partido Comunista, en 2011, se aprobaron 311 medidas de reforma. Hasta ahora se ha implementado apenas un 21%. El próximo sábado 16 de abril arranca el VII Congreso. Criticado dentro de Cuba, incluso por alguno de sus miembros de base, por no difundir el documento programático del cónclave, el partido único discurrirá a puerta cerrada cómo acelerar la economía sin pinzar el nervio ciático del sistema. Con la retirada de Raúl Castro fijada para 2018, por debajo de la mesa se ventilarán las supuestas diferencias entre los sectores tecnócratas del raulismo y los duros del fidelismo, a su vez enredadas en la madeja de intereses creados durante seis décadas de autarquía insular.
En cuanto a las medidas pendientes, destaca la peliaguda unificación monetaria. Cuba funciona con el peso nacional y el peso convertible o CUC (24 pesos nacionales), que es equivalente al dólar y fue establecido por el Gobierno para facilitar la captación de divisas después de perder sustento a principios de los noventa con el colapso de la Unión Soviética.
“La economía no puede avanzar con esta dualidad”, dice Pavel Vidal, profesor universitario en Colombia y exfuncionario del Banco Central de Cuba. “Con dos monedas y varias tasas de cambio como tenemos, la medición de los balances de las empresas estatales, de los precios, de la competitividad y de la eficiencia está completamente distorsionada. Pero habría que ver si la economía está preparada para el cambio. Los países que lo acometen suelen tener reservas suficientes o apoyo de un prestamista internacional, y el ahorro interno en Cuba por fuerza ha tenido que ir disminuyendo, fundamentalmente por la crisis venezolana”.
Suprimir el peso convertible para continuar a solas con la moneda nacional podría provocar un shock traumático en dos ámbitos de por sí débiles, la capacidad adquisitiva de la población y el aparato productivo. Una devaluación pronunciada descontrolaría la inflación, hoy sobre el 3%, mientras que las empresas estatales dejarían de contar con el tipo de cambio (un CUC por peso nacional) que se les concede para capitalizarlas y quedarían expuestas a las condiciones reales de mercado, lo que probablemente haría inviable a más de una.
Dadas sus dificultades internas, la opción más plausible para que Cuba afronte la pirueta sin caer al vacío es que Estados Unidos desbloquee su ingreso en el Fondo Monetario Internacional (FMI). Sus representantes en el organismo están obligados por el embargo a votar en contra, pero se especula que Obama podría buscar un atajo para intentarlo en los ocho meses que le quedan de mandato. Por otro lado, el martes pasado Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), dijo que espera acoger a Cuba en dos años.
Catapultando la mirada por encima del muro que le queda por brincar, y quién sabe lo que durará el salto, algunos otean una Cuba que pueda aprovechar la herencia más reconocida del tortuoso periodo que viene desde la Revolución de 1959, el nivel educativo de sus ciudadanos. “Debe desarrollarse como una economía del conocimiento”, dice el lobbista Williams, “en sectores como el biomédico y el de las telecomunicaciones, porque, aunque resulte paradójico teniendo tan poca tecnología, se percibe un enorme talento potencial para la programación”. Sería lo que el eminente politólogo Jorge Domínguez, nacido en La Habana en 1945, exiliado con su familia en los sesenta, ha definido como una hipotética “Singapur del Caribe”. De momento, aquí, todos te repiten lo mismo: “No es fácil, compañero, no es fácil”.

viernes, 8 de abril de 2016

¿Por qué a Wall Street no le entusiasma invertir en Cuba?


WASHINGTON.- Los estadounidenses tienen una expresión para referirse a cumplir la palabra dada: "Poner el dinero donde has puesto la boca". Por ahora, el Gobierno de Estados Unidos ha puesto la boca. O sea, las palabras. Pero las empresas estadounidenses son renuentes a invertir en Cuba, según crónica del corresponsal del diario español 'El Mundo' en este país. 

Es un mercado infinitesimalmente pequeño, que no conocen, y con incertidumbre política y, sobre todo, económica. Súmese a ello el bloqueo -que todavía sigue- y el resultado es que el gran capital estadounidense sigue sin llegar a Cuba. Como explica el analista del think tank Instituto Peterson de Washington para la Economía Internacional, Gary Hufbauer, "las empresas [estadounidenses] están dándose cuenta de que invertir en Cuba es muy difícil". Para Samuel George, analista de la Fundación Bertelsmann, "por ahora, EEUU está dando un voto de confianza a las reformas en el país". Y poco más.
De hecho, las empresas estadounidenses que han anunciado operaciones en la isla son, en su inmensa mayoría, de tres tipos: empresas de viajes, compañías que operan en Internet, y, tras la visita de Barack Obama, la semana pasada, operadoras de hoteles. Los dos primeros grupos no necesitan verdaderamente tener infraestructuras físicas o personal en la isla. Ése es el caso de las aerolíneas JetBlue y American Airlines, y la empresa de cruceros Carnival, o de la empresa de alquiler de viviendas Airbnb y la de sistemas de pagos PayPal.
Los hoteles son diferentes, pero hay que tener en cuenta que ese sector lleva abierto a la inversión extranjera desde hace un cuarto de siglo, y tiene un marco legal y unas reglas del juego consolidadas. 
Todos esos sectores se apoyan en lo que Samuel George, analista para América Latina de la Fundación Bertelsmann, califica como "la liberalización en la práctica" de los viajes de Estados Unidos a Cuba. Una liberalización que va a provocar, a su vez "un crecimiento, lento y pausado" del turismo en la isla, en palabras del chef y restaurador de origen español José Andrés, que acompañó a Obama en su viaje a Cuba la semana pasada.
En algunos casos, el turismo está creciendo a un ritmo espectacular. Ése es el caso de Airbnb, una plataforma online que permite alquilar habitaciones y viviendas. La empresa, que nació en 2008 en San Francisco, ha visto cómo, en apenas un año, Cuba se convertía en su mercado de mayor crecimiento. En la actualidad, Airbnb ofrece 4.000 viviendas en Cuba, según declaró su consejero delegado, Brian Chesky, a los periodistas que acompañaban a Barack Obama en La Habana. Eso implica que esa empresa gestiona el equivalente al 6% de las habitaciones hoteleras en ese país.
Ahora bien, ¿y las fábricas? ¿Y los centros comerciales? Todo eso tendrá que esperar bastante tiempo. En primer lugar, porque el embargo prohíbe fabricar en Cuba, aunque Obama, en lo que su asesor para Seguridad Nacional Ben Rhodes califica como "retorcer de forma agresiva la legislación" -en otras palabras, forzarla al máximo-, permite ensamblar en la isla productos. Y, en segundo lugar, por las dificultades logísticas (en Cuba las carreteras son muy malas y hay una escasez enorme de medios de transporte).
El resultado es que hasta la fecha, a pesar de todas las alharacas, sólo una empresa de Estados Unidos ha anunciado que se va a establecer en Cuba con una fábrica: Cleber, una empresa de tractores de Alabama, que va a invertir 5 millones de dólares (4,4 millones de euros) en la Zona Especial de Desarrollo de Mariel, un área designada por el Gobierno de Raúl Castro para que en ella se establezcan empresas extranjeras, siguiendo el modelo chino, que ha dado excelentes resultados en ese país. En esa zona se acaba de instalar, por ejemplo, la multinacional holandesa Unilever, que construirá una fábrica de champú y productos de belleza en la que, además, tendrá la mayoría del capital. Porque en Cuba hace falta de todo.

Mercados vetados

Así que no hay que esperar que el deshielo entre Washington y La Habana provoque una catarata de inversiones del gigante del Norte en la isla. Por lo pronto, una parte de las empresas estadounidenses que quieren entrar en la isla simplemente planean operar en mercados ya existentes pero que hasta ahora les habían estado vetados.
Eso va a suponer, para las empresas no estadounidenses más competencia en el mercado cubano. "La reanudación del correo postal entre Estados Unidos y Cuba va a ser negativa para empresas de mensajería europeas, como DHL o Seur, que hasta ahora eran las únicas vías de los estadounidenses para enviar paquetes a Cuba", declara José Viñals, del bufete de abogados Lupicinio, que lleva operando en la isla desde dos décadas.
Esa estrategia es lo que está detrás de la decisión del gigante de los medios de pago online PayPal, y del líder en transferencias, Western Union, de entrar en Cuba este año. En juego están unos 2.000 millones de dólares (alrededor de 1.750 millones de euros) que los cubanos que residen en Estados Unidos envían a sus compatriotas en la isla cada año. Eso podría dejar a esas empresas alrededor de 147 millones de dólares (unos 130 millones de euros) en comisiones. Es una cifra insignificante, que de hecho no llega al 3% de los ingresos de Western Union y, en el caso de PayPal, apenas se queda en el 1,4%.
Estas empresas, al menos, cuentan con una ventaja. Su presencia física en Cuba sería mínima, con lo que no correrían el riesgo de que el precio de sus activos se hundiera cuando La Habana unifique sus dos monedas: el peso convertible y el peso cubano. "Para nosotros, la existencia de dos monedas en la isla no es un problema, como tampoco lo es el sistema financiero de Cuba. A fin de cuentas, operamos en cerca de 200 países que tienen todo tipo de sistemas cambiarios", ha declarado el consejero delegado de PayPal, Dan Schulman. Para el ex secretario de Comercio con George W. Bush, el cubano de nacimiento Carlos Rodríguez, las empresas no están preocupadas por la unificación monetaria porque "todavía falta tiempo para eso".
La visita de Obama a Cuba supone un giro radical de la política norteamericana hacia la isla y el reconocimiento de un hecho: cincuenta años de embargo no han servido para producir un cambio de régimen político en la perla de las Antillas. El acceso de Raúl Castro al poder se vio acompañado por una serie de modestas reformas que han introducido algunos elementos de mercado y de propiedad privada con la finalidad de estimular el crecimiento, elevar el depauperado nivel de vida de la población y, de este modo, mantener y legitimar el monopolio del poder detentado por el Partido Comunista. Esta estrategia sería similar a la adoptada por China y por Vietnam y las autoridades cubanas parecen apostar por ella. Sin embargo, el comunismo isleño está más apegado a los viejos dogmas del soviético de lo que lo estaban hace unas décadas los chinos y los vietnamitas.
Desde 2010, el Gobierno ha permitido el desarrollo del auto-empleo. Alrededor de 500.000 cubanos poseen licencias que les permiten trabajar de manera independiente. Al mismo tiempo, el Ejecutivo ha liberado casi tres millones de acres de tierras estatales para que sean explotadas por agricultores privados y cooperativas independientes. En paralelo han emergido miles de bares y restaurantes que han cambiado la fisonomía de las ciudades y pueblos de la isla y, por vez primera en cinco décadas, los cubanos pueden comprar y vender sus casas. Pero sólo un 8,9% de los cubanos es propietario de su casa. También se han eliminado los requisitos de las visas para salir de la isla, lo que permite viajar al exterior. Todas estas medidas y otras han supuesto una considerable transformación respecto a la situación anterior pero no pueden ocultar las profundas deficiencias estructurales del sistema.
Los cubanos que quieren trabajar al margen del sector público tienen limitado su campo de elección a 181 categorías profesionales determinadas por el Estado. Éstas se circunscriben a empleos de escasa cualificación y de bajo valor añadido y no se permite el desarrollo de la iniciativa privada en campos como las manufacturas, la construcción y la mayoría de las actividades comerciales, por citar tres ejemplos paradigmáticos. Esto es, el tipo de ocupaciones liberalizadas es inaccesible para los individuos con mayor capital humano a quienes sólo les cabe optar por trabajar para el Estado o emigrar. El modelo puesto en marcha por Raúl Castro es hacia una economía de baja productividad y, por tanto, con escasa capacidad de elevar de manera significativa los estándares de vida.

Falta de transparencia

El marco regulatorio es inconsistente y falto de transparencia, lo que se ha traducido en la creación de una enorme economía sumergida y en la emergencia de una gigantesca corrupción. El Gobierno practica un asfixiante control de precios para contener de manera artificial las tensiones inflacionarias y mantiene un tipo de cambio dual que es una fuente de prácticas corruptas. El sistema financiero está en su totalidad en manos estatales y acceso al crédito para los nuevos emprendedores es inaccesible sin la ayuda de los burócratas. Por otra parte, el control político de la justicia impide a ésta jugar papel alguno en la corrección de las desviaciones del sistema. De momento, Cuba no ha realizado ninguna transformación significativa que altere su sistema económico ni institucional.
En contraste con lo acaecido en China e incluso en Vietnam que endorsaron la famosa máxima de Deng Xiaoping "hacerse rico es glorioso", el ganar dinero en Cuba se contempla todavía como un crimen execrable y la prosperidad individual es vista con una indisimulada sospecha. Así lo han experimentado en sus propias carnes muchos de los nuevos emprendedores. En la práctica, la élite extractiva compuesta por los militares, los burócratas y dirigentes del partido controla los sectores claves de la economía y es la única que tiene acceso a la riqueza mediante la utilización de los instrumentos puestos a su alcance por el socialismo de amiguetes.
Cuba continúa siendo una economía reprimida por las ineficiencias sistémicas propias de un régimen comunista. La leve apertura a la iniciativa privada se ve severamente restringida por la ausencia de una verdadera voluntad de reforma que asfixia a los emprendedores en las redes de la burocracia y de una fiscalidad confiscatoria. Quizá la normalización de las relaciones económico-comerciales con EEUU y el fin del bloqueo generen la presión necesaria para una verdadera transición hacia una economía y una sociedad más libres, pero ésa es una frágil esperanza que, aquí y ahora, no tiene un fundamento sólido. La dirigencia cubana ha hecho suyo el viejo lema del príncipe Salina en el Gatopardo: "Cambiar algo para que todo siga igual".

¿Modelo Chino en Cuba? / Santiago Gatica *


LA HABANA.- Luego que Obama y Castro anunciaran en diciembre de 2014 el restablecimiento de relaciones diplomáticas, se puso de moda "visitar Cuba antes que cambie". Así, el mes pasado pude saldar esta cuenta pendiente, visitar La Habana e interiorizarme un poco más de esa realidad tan invocada pero no tan conocida.

Dos Cubas

Pude recorrer La Habana Vieja para remontarme a la colonia, caminar por El Prado y El Malecón, presenciar el famoso cañonazo, subir a la torre de la Catedral, fumar un habano en la Plaza de la Revolución, comer en los famosos paladares, tomar un mojito en La Bodeguita del Medio, viajar a los 50 en los intactos Chevys y Cadillacs, entre otros gustos. Quienes conocen La Habana sabrán de lo que hablo.
Pero de la mano de locales que se animaron a mostrarme su realidad pude conocer un panorama diferente: libretas de abastecimiento, almacenes vacíos, mercado negro, construcciones ruinosas, sueldos equivalentes al valor de la entrada más barata que paga un extranjero para entrar al Cabaret Parisien, aislamiento y conexión a internet prácticamente inexistente, una prensa insípida, y otros etcéteras.
Incluso logros como educación y salud (que no desconocemos), no brillan tanto como parecen. "Educación" no es solo "alfabetismo" y los pacientes suelen regalar alimentos a los médicos para facilitar las consultas y "pagar" los servicios "gratuitos".
Si bien tampoco desconocemos las razones que dieron lugar (hace más de 50 años y en un determinado contexto histórico) a la revolución cubana, el faro que supo iluminar a gran parte de la izquierda latina y exportar el modelo guerrillero hoy apenas alumbra. No obstante, a pesar de que tras la caída del muro Cuba dejó de contar con la ayuda soviética y ahora el ilimitado suministro de petróleo venezolano parece haber llegado a su fin, el régimen se las ha ingeniado para sobrevivir y el embargo no ha logrado su objetivo último, eso es un hecho.
Ante esta realidad, el nuevo acercamiento de Obama es una muestra del pragmatismo que debe mover la política. Más allá de móviles políticos que pueden haber "apurado" la visita de Obama en su último año de gobierno, los hechos recientes llevan a que muchos se ilusionen con un cambio. Y la historia demuestra que más tarde o más temprano el cambio llega (todas las dictaduras caen). Pero seguramente no lo haga a la velocidad y en la forma que muchos pretenden.

Cambio

El "descongelamiento" de las relaciones llevó a la histórica visita de Obama tan solo unas semanas después de la visita del Papa y antes que los Rolling Stones. Salvando distancias, no han faltado paralelismos entre la visita de Obama y la de Nixon a Mao en 1972, o entre la visita de Francisco y las visitas de Juan Pablo II a Polonia antes del retorno a la democracia. ¿Cuál será el camino de Cuba? Me atrevo a decir que será un cambio "a la China".
Los meses posteriores al restablecimiento de las relaciones diplomáticas muestran que el régimen cubano no piensa dejar el poder ni aflojar el control en un corto plazo. Por el contrario, las detenciones políticas no han hecho más que aumentar y no se han notado mejoras en el respeto a los derechos humanos o muestras de apertura política.
El modelo chino le brinda al liderazgo cubano un camino de mayor bienestar para su población, sin renunciar al control político. Así como a Deng Xiaoping no le tembló el pulso y reprimió las manifestaciones de Tiananmen en 1989 tras casi una década de creciente apertura económica, seguramente el régimen cubano también pretenda mantener su posición a toda costa. Su mensaje será: disfruten de mayor libertad económica, pero no se ilusionen con mayor libertad política, la democracia no es indispensable para el desarrollo.
Seguir este camino sería un nuevo error histórico. A 30 años de la apertura china, hoy vemos que su modelo está dando señales de agotamiento y la realidad muestra que es difícil seguir creciendo como pretenden sin mayor participación del mercado y un verdadero Estado de derecho. La corrupción y una extensa brecha entre ricos y pobres son inherentes a un sistema sin apertura política. No obstante, pensar en una Cuba democrática en el corto plazo parece un sueño. El régimen pretenderá importar el llamado "capitalismo de Estado" y ponerle su propio condimento caribeño. Claro, dicho sistema es preferible al actual, pero habrá que conformarse con esos primeros pasos por ahora (salvo algún hecho social o político imprevisto) .

Primero pasos

En China se empezó experimentando en zonas económicas especiales y autorizando paulatinamente la inversión extranjera para dinamizar una economía estancada. En los 80 se autorizaron primero los joint ventures con socios chinos para que estos incorporaran el know how y la tecnología necesaria. Luego llegaron las WFOEs (compañías de propiedad 100% extranjera), bajo las limitaciones de un catálogo de inversiones listando los sectores promovidos, restringidos y prohibidos para los extranjeros. Este parece que será el camino de Cuba. Ya se ha avanzado con la Zona Especial de Desarrollo Mariel y Obama vino acompañada de una delegación de empresarios. El modelo de JV ya se ha utilizado en, por ejemplo, la emblemática Corporación Habanos.
Pero todos estos avances dependerán de la capacidad del régimen de aflojar el puño, flexibilizar una burocracia anquilosada, combatir una corrupción institucionalizada y crear reglas lo más claras posibles para los inversores que se animen ingresar a la isla. No será fácil, pero hay luz al final del camino. Es mejor promover el cambio manteniendo relaciones que aislando y esperando lo peor.


(*) Doctor en Derecho por la Universidad de Montevideo